Malcolm Gladwell lo explicó en Outliers: para volverte realmente bueno en algo necesitas al menos 10.000 horas de práctica deliberada.
En kárate, un sempai, un cinturón negro experto, ya acumula unas 5.000. Un sensei, el maestro, unas 10.000. Y los shihan, maestros de maestros, superan las 50.000. No entrenan músculos: entrenan reflejos, lectura del otro, precisión… y humildad.
En la marina subacuática, los proyectos importantes solo se te confían tras certificar 2.000 inmersiones. Antes de eso, eres aprendiz. El oficio no entiende de atajos.
En ingeniería, de la buena, es lo mismo. No basta con haber leído planos o conocer teoría. Hay que haberlos vivido y puesto en práctica. Haber sudado, probado válvulas, motores o controles sin instrucciones, afinado caudales a mano o peleado con bombas a las dos de la mañana bajo el cierzo, el calor o la humedad. Entonces, y solo entonces, se comienza a entender el idioma secreto de la ingeniería.
El Sosai, fundador del Kárate Kyokushin, el de la imagen de más arriba y leyenda con 12 millones de discípulos, vino a España a grabar una escena para su película «La mano de Dios» . Quería matar un toro Miura con sus propias manos. Tal cual. Literalmente.
Ya lo había hecho en Corea con toros mansoides, poco más que una oveja, y el presidente de la federación española le advirtió: Cuidadín, que los Miura no son lo mismo. Aun así, le compraron dos ejemplares defectuosos —no válidos para lidia, pero tampoco para abrazarlos— y desde Japón llegaron a Zaragoza el Sosai y dos senseis a modo de camarógrafos y se fueron todos juntos para Salamanca…
Los Miura, negros zainos, 600 kg de puro músculo y mala leche, resoplaban aire caliente por sus enormes orificios nasales cual calderas industriales. Entraría holgadamente por ellos el puño del Sosai. Y no es que no les pudiese rodear el cuello con sus brazos, es que los cuernos del Miura le sacaban dos palmos de altura y ni entre los tres, sosai y camarógrafos, abarcarían el cuello de estas tan malencaradas y furiosas bestias.
Y lo que antes parecía una buena idea, dejó de serlo. Recogieron bártulos y salieron volando de vuelta a Japón. Durante años —cuentan algunos— se despertaban empapados en sudor con pesadillas sobre estos dos negros y españoles toros.
Recientemente nos han confiado un nuevo reto: además de diseñar la ingeniería de la Passivtermia, realizaremos ahora las puestas en marcha y otros trabajos de campo para estas Passivhaus de Grupo Lobe. Un sector —el residencial puro— donde no tenemos experiencia directa desde hace décadas. No lo ocultamos. Venimos de la industria, de hospitales, del terciario, con instalaciones de alta exigencia técnica y con cientos de miles de horas de experiencia en estos sectores. Más de 120.000 solo en mi caso.
Y con todo ese bagaje, llegamos con humildad. Porque el respeto al proyecto —y a quien te contrata—empieza reconociendo que, por mucho que tú pienses que sepas, siempre estás aprendiendo. Y algunos nos piden, urgen les enseñemos, les descubramos cual pócima mágica o bálsamo de Fierabrás, que les transfiramos en un plisplas nuestro conocimiento. Un atajo sin trabajo.
Si algo hemos aprendido es que no hay atajos. No existe el pendrive que transfiera oficio. Ni el PDF que sustituya al ojo entrenado. Ni la fórmula mágica que afine un edificio sin bajar al barro. Una buena puesta en marcha no se programa en una excel. No se despacha desde un cómodo despacho. Se escucha. Se camina. Se observa. Se afina con calma. Se descubre que el intercambiador no es el previsto, que el actuador no obedece, que el control miente sin pudor alguno, y que lo que en planos parecía coherente, no siempre funciona en la realidad.
Ni el mejor algoritmo subirá a cubierta. La inteligencia artificial hará maravillas, pero no sube a terrazas a 40 °C o baja a oscuros y húmedos sótanos. No afina un flujo laminar con la oreja pegada al retorno, ni ajusta sin llegar a romper la vena líquida o hacer cavitar el circuito hidráulico; o cuando el tornillo te dice que, aprieta un cuarto de vuelta más…y me rompo. Ni suda, ni siente, ni duda. Nosotros sí. Porque llevamos décadas entre válvulas, motores, intercambiadores y conocemos el lenguaje en el que nos habla la termodinámica, la física, las matemáticas, la mecánica de fluidos, y sabemos cuándo un sistema nos dice verdad… o cuándo está mintiendo.
Porque aunque el futuro digan que vendrá en la nube, hay conocimientos que solo se ganan en tierra, a pie de obra. Con botas. Con barro. Con humildad. Y entonces, solo entonces —tras haber pagado el peaje de estas 10.000 horas—quizás nosotros comencemos a entender en toda su profundidad el lenguaje en el que nos hablan estas Passivhaus.
“Si quieres aprender sobre la naturaleza, apreciar la profunda belleza de la naturaleza, es necesario aprender el lenguaje en el que esta nos habla.” Richard Feynman
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